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La Coctelera

Lo poco que he follado

Se sorprende Alberto, leyendo mi perfil, de lo poco que he follado a mi edad ("de mi poca experiencia", dice él). Es curioso, porque no he dicho en ningún sitio cuánto he follado. Pero, realmente, y a juzgar por otros comentarios suyo, parece que efectivamente he follado poco.

No soy muy dado a hacer números, pero creo que el número de mujeres con las que he follado no pasa de 20. Eso a mi edad quizá sea muy poco, es posible. Pero quizá sea un eximente (o puede que un agravante, no sé), que he tenido pareja estable durante 17 años. Y, dado que follar posiblemente sea lo que más me gusta en este mundo, he procurado hacerlo tantas veces como he podido.

A mi me parecía suficiente, pero es cierto que mis marcas quedan muy lejos de esta especie de olimpismo sexual que comento. Yo no me he corrido 40 veces en una semana, ni ninguna mujer se ha corrido 50 veces conmigo. Pero, sinceramente, qué quieren que les diga, para mí follar cuatro o cinco veces a la semana de promedio era más que suficiente.

Ahora que no tengo pareja estable follo menos, pero me gusta más (curioso, ¿no?). En cualquier caso, lo que comenta Alberto me parece relamente interesante. Recomiendo visitar su blog porque yo me he sentido muy identificado con su visión de lo que resulta o no resulta atractivo en una mujer.

Y es que, efectivamente, estamos en una sociedad que fomenta el modelo físico top-model cuando no abiertamente Pen-House, que no tiene nada malo en sí, pero que efectivamente llevan a la angustia y a la subestima a las mujeres realmente encantadoras y atractivas, a esas chicas dulces y con encanto que son las que Alberto (yo también me sumo) quiere realmente llevarse a la cama. Incluso a veces desearía uno quererlas.

Algo que nunca he hecho

Algo que nunca he hecho: conocer a una mujer e irme con ella esa misma noche a la cama. Me gustaría tanto...

Bendita juventud

Rectifico lo dicho el pasado sábado. Fue sin duda un polvo (una sucesión de polvos) maravilloso, aún me pone muy cachondo recordar cómo ella se corrió más de 15 veces.

En cambio, sí que hubo una vez parecida. Aunque parezca mentira, casi lo había olvidado. Fue hablando con mi ex-mujer, a la que le estuve contando la experiencia. Entonces ella me recordó un día, hace ya muchos años (éramos los dos estudiantes) en que nos encerramos un día entero en mi casa. Al parecer yo tuve 7 orgasmos, y ella más o menos por el estilo. También fue un día glorioso, que aunque recuerdo levemente, no debo dejar caer en el olvido. Éramos jóvenes y ansiosos, estrujábamos nuestros cuerpos con fuerza casi suficiente para fundir los poros de nuestra piel, nos bebíamos los besos y llevábamos nuestros sexos hasta el límite de lo posible. Bendita juventud.

La Guerra de los Mundos

Hoy iba a ir al estreno de "La Guerra de los Mundos". Pero se nos hizo tarde, la única sesión a la que podíamos ir ya era cerca de las 11 de la noche. Ella estaba cansada. Yo le propuse ir a mi casa un rato, luego la llevaría en coche a la suya. Afortunadamente, aceptó.

Así que en vez de ver alienígenas desmadrados, puede observar durante un muy buen rato los pliegues de su coño, mientras se lo comía.

Buena semana, muy buena semana, que siempre sea así. O mejor.

Nacidos para joder

Cada polvo es una joya que uno debería guardar en su memoria con el mayor de los celos. Al fin y al cabo, todo lo que hacemos en nuestra vida es para eso, para follar. Las ropas con las que nos vestimos; las largas y duras horas de ejercicio; las canciones que cantamos, o la música que sacamos rasgando una guitarra; todo tiene como único fin acabar en un polvo.

Le he escuchado a varias mujeres que ellas se cuidan "para estar a gusto consigo mismas". Mentira. Se cuidan el cuerpo para atraer a un macho fuerte e impetuoso que las penetre hasta volverlas locas.

A algún hombre le he oído que va al gimnasio para bajar peso y mejorar su salud. Mentira. Va a ponerse la tripa plana y los músculos bien torneados, para seducir a una mujer joven y tersa que se los folle hasta dejarlos sin aliento.

No hay nada antes ni después de un polvo. Todo lo que nos da sentido es el sexo, pues al fin y al cabo no somos más que el instrumento que utiliza el ADN para hacerse inmortal, repróduciéndose en una cadena sin fin. Nosotros no somos más que eso, el intermediario, pura materia copulante que necesita frotarse y mirarse y babearse y fundirse y batirse en un alocado ritmo húmedo y pegajoso, en una mezcla de fluidos básicos, inmutables y gozosos.

Despedida anal

Lo bueno de haber estado casi toda la vida en el siglo pasado es que, cuando no tienes sexo, siempre puedes recordarlo. Esa es la principal diferencia con tener 15 años: con 15 años te lo imaginas y lo deseas desesperadamente. Ahora, en cambio, posiblemente sean más los polvos que quedan a nuestras espaldas que lo que nos quedan por delante. A recordar, pues.

Y uno de los que con más frecuencia recuerdo fue un polvo, pero también una despedida. Yo era tremendamente joven, ambicioso e imprudente, y en un arrebato decidí que la novia que por aquel entonces tenía no me iba a acompañar más tiempo. Yo quería volar y ella, aunque la quería, me suponía un lastre (qué injustos y crueles que somos cuando embestimos al capote que nos tiende la vida...).

La cité en un café y se lo dije. Con dulzura, pero sin rodeos. Le expliqué una y mil veces que no tenía nada que ver con ella. Que era yo. Que ella no había fallado. Que probablemente me estaba equivocando, pero que necesitaba hacerlo. Lo necesitaba desesperadamente.

Ella, por supuesto, no entendió nada. Tampoco yo lo hubiera entendido, era absurdo. Su mirada se fue licuando poco a poco, mientras yo seguía embrollándome en una cháchara absurda y fumaba. Fumaba como para acolchar mis palabras.

Y cuanto más absurdo mi parlamento, más triste estaba ella. Casi no hablaba. Alguna pregunta, de vez en cuando, sin relación aparente con la escena. Algún suspiro: estaba a punto de estallar. Pero esa otra persona que hay dentro de mí, ese otro Álvaro no tan insensible que de vez en cuando actúa para remediar mis meteduras de pata, le cogió la mano. También le acarició la mejilla, arrancándole una sonrisa (yo no sabía que una sonrisa podía ser tan triste...).

Así estuve un rato, hasta que al final, demasiado bruscamente, le dije: "me gustaría hacer el amor contigo por última vez". Yo pensé que me despediría con cajas destempladas, pero, en vez de eso, se levantó de un golpe, me cogió la mano y, sin una palabra, me llevó a los servicios.

Eran unos baños amplios, antiguos, blancos. Cerró el pestillo tras de sí y me bajó los pantalones. Me comió la polla primero muy despacio. Luego fue cogiendo un ritmo creciente, hasta acabar en una mamada inmensa, como yo no sabía que podían existir. Y estaba a punto de correrme cuando dejó mi polla huérfana, solitaria, oscilando en el aire.

Por un segundo pensé que era un castigo, pero estaba equivocado. Ella se bajó las bragas, se levantó la falda y se acomodó sobre el lavabo. Su culo sobresalía como una promesa. Se lo abrió con las manos, y con un giro encantador de la cabeza me dijo, mirándome a los ojos:"fóllame por el culo". Yo nunca lo había hecho, nunca la había enculado. Así que aquella vez fue la primera, lenta, como explorando, con miedo a que se desvaneciera pero disfrutando de cada pliegue que traspasaba. ¡Qué placer, Dios! Aún hoy puedo hacerme dos pajas seguidas recordándolo.

Ese día estuvimos mucho tiempo juntos, sin hablar, paseando y acariciándonos. No hubo vuelta atrás. Pese a mis esperanzas, ella me acabó odiando. La última vez que me dijo algo fue: "lo que te pasa es que eres un pisaverde". Yo ni siquiera sabía entonces lo que es un pisaverde.

Las tetas de mi compañera

En mi trabajo, soy una isla. Nada tengo que ver generacionalmente, ni en formación, con las más de 200 personas con las que comparto oficina. Aunque más que oficina parece una granja (de software, pero una granja: programadores ponedores).

Hay muchas mujeres, y algunas realmente bellas. Como mi compañera de mesa (llamémosla E.), una preciosa joven de 27 años, 179 cm de altura y unas formas de vértigo. Además, es guapa y amable, eficaz y simpática.

A veces me masturbo en los servicios pensando en ella, en esas tetas preciosas, bien torneadas, esas tetas que tengo que hacer hercúleos esfuerzos para apartar de mi vista y que, por mucho que lo intente, nunca puedo sacar de mi imaginación. Daría alguno de mis últimos años de vida a cambio de poder bucear libremente entre esas tetas.

Claro que no va a ser así. Ella tiene novio, de hecho está a punto de casarse. Ya, ya sé que eso no es ni ha sido nunca impedimento para follarse a una mujer. Pero no es por eso, o no sólo por eso, es también por mi tremenda timidez. No sólo no me la voy a follar, sino que seguramente nunca le diré lo que pienso de sus tetas. Nunca sabrá que me masturbo pensando en ella (seguramente le molestaría, muchas mujeres inciden en esa absurda postura). Nunca le diré que estaría dispuesto a dejar vagar eternamente mis labios por las curvas de sus caderas. Nunca.

No me pidas perdón...

Ayer noche Madrid parecía otra. Bueno, realmente era otra, Madrid en domingo se transmuta y parece cualquier otra ciudad del mundo: una sucesión de calles desiertas, sin vida aparente y sólo atravesadas por el titilar de las farolas. Gran parte de los restaurantes y los bares estaban cerrados.

Ella -mi amiga- estaba de paso en Madrid y no le importaba. Le gusta pasear. Recorrimos a pié casi tres kilómetros. Cenamos en cualquier lugar. Tomamos una copa hasta que nos echaron ("son las dos...", nos dijeron, esto ya pasa incluso en Madrid).

Caminamos otro rato más hacia mi casa. Nos abrazamos e hicimos el amor. No estaba previsto (yo no lo había previsto, al menos), pero hicimos el amor. Fue distinto al sábado, con mi amiga hay más ternura que ímpetu. Nos besamos de arriba a abajo. Nos comimos el sexo. Ella se corrió una vez, casi callada. Al rato se volvió a correr, y esta vez estalló en gritos.

"Perdona, los vecinos...", me dijo. Da igual, dije yo.

Era tarde y yo hoy madrugaba, como todos los lunes. Pero a pesar de todo me puse un condón y la penetré. Estuvimos así un buen rato, jugando, cambiando de posturas. De pronto, me di cuenta que en sus movimientos había cierta urgencia. Se dio la vuelta, ofreciéndome sus nalgas. Yo la volví a penetrar y estuvimos así otro rato. Luego quiso ponerse encima mía. Sus movimientos cada vez eran más perentorios. Finalmente, con un movimiento suave, casi dulce, la cogí por la cintura y la tumbé a mi lado.

"Perdóname" me dijo. "Me encuentro un poco mal". "Claro" le respondí. Luego estuvimos acariciándonos durante un buen rato, la espalda, la nuca, el costado. Yo finalmente quedé dormido.