Lo bueno de haber estado casi toda la vida en el siglo pasado es que, cuando no tienes sexo, siempre puedes recordarlo. Esa es la principal diferencia con tener 15 años: con 15 años te lo imaginas y lo deseas desesperadamente. Ahora, en cambio, posiblemente sean más los polvos que quedan a nuestras espaldas que lo que nos quedan por delante. A recordar, pues.
Y uno de los que con más frecuencia recuerdo fue un polvo, pero también una despedida. Yo era tremendamente joven, ambicioso e imprudente, y en un arrebato decidí que la novia que por aquel entonces tenía no me iba a acompañar más tiempo. Yo quería volar y ella, aunque la quería, me suponía un lastre (qué injustos y crueles que somos cuando embestimos al capote que nos tiende la vida...).
La cité en un café y se lo dije. Con dulzura, pero sin rodeos. Le expliqué una y mil veces que no tenía nada que ver con ella. Que era yo. Que ella no había fallado. Que probablemente me estaba equivocando, pero que necesitaba hacerlo. Lo necesitaba desesperadamente.
Ella, por supuesto, no entendió nada. Tampoco yo lo hubiera entendido, era absurdo. Su mirada se fue licuando poco a poco, mientras yo seguía embrollándome en una cháchara absurda y fumaba. Fumaba como para acolchar mis palabras.
Y cuanto más absurdo mi parlamento, más triste estaba ella. Casi no hablaba. Alguna pregunta, de vez en cuando, sin relación aparente con la escena. Algún suspiro: estaba a punto de estallar. Pero esa otra persona que hay dentro de mí, ese otro Álvaro no tan insensible que de vez en cuando actúa para remediar mis meteduras de pata, le cogió la mano. También le acarició la mejilla, arrancándole una sonrisa (yo no sabía que una sonrisa podía ser tan triste...).
Así estuve un rato, hasta que al final, demasiado bruscamente, le dije: "me gustaría hacer el amor contigo por última vez". Yo pensé que me despediría con cajas destempladas, pero, en vez de eso, se levantó de un golpe, me cogió la mano y, sin una palabra, me llevó a los servicios.
Eran unos baños amplios, antiguos, blancos. Cerró el pestillo tras de sí y me bajó los pantalones. Me comió la polla primero muy despacio. Luego fue cogiendo un ritmo creciente, hasta acabar en una mamada inmensa, como yo no sabía que podían existir. Y estaba a punto de correrme cuando dejó mi polla huérfana, solitaria, oscilando en el aire.
Por un segundo pensé que era un castigo, pero estaba equivocado. Ella se bajó las bragas, se levantó la falda y se acomodó sobre el lavabo. Su culo sobresalía como una promesa. Se lo abrió con las manos, y con un giro encantador de la cabeza me dijo, mirándome a los ojos:"fóllame por el culo". Yo nunca lo había hecho, nunca la había enculado. Así que aquella vez fue la primera, lenta, como explorando, con miedo a que se desvaneciera pero disfrutando de cada pliegue que traspasaba. ¡Qué placer, Dios! Aún hoy puedo hacerme dos pajas seguidas recordándolo.
Ese día estuvimos mucho tiempo juntos, sin hablar, paseando y acariciándonos. No hubo vuelta atrás. Pese a mis esperanzas, ella me acabó odiando. La última vez que me dijo algo fue: "lo que te pasa es que eres un pisaverde". Yo ni siquiera sabía entonces lo que es un pisaverde.