En mi trabajo, soy una isla. Nada tengo que ver generacionalmente, ni en formación, con las más de 200 personas con las que comparto oficina. Aunque más que oficina parece una granja (de software, pero una granja: programadores ponedores).
Hay muchas mujeres, y algunas realmente bellas. Como mi compañera de mesa (llamémosla E.), una preciosa joven de 27 años, 179 cm de altura y unas formas de vértigo. Además, es guapa y amable, eficaz y simpática.
A veces me masturbo en los servicios pensando en ella, en esas tetas preciosas, bien torneadas, esas tetas que tengo que hacer hercúleos esfuerzos para apartar de mi vista y que, por mucho que lo intente, nunca puedo sacar de mi imaginación. Daría alguno de mis últimos años de vida a cambio de poder bucear libremente entre esas tetas.
Claro que no va a ser así. Ella tiene novio, de hecho está a punto de casarse. Ya, ya sé que eso no es ni ha sido nunca impedimento para follarse a una mujer. Pero no es por eso, o no sólo por eso, es también por mi tremenda timidez. No sólo no me la voy a follar, sino que seguramente nunca le diré lo que pienso de sus tetas. Nunca sabrá que me masturbo pensando en ella (seguramente le molestaría, muchas mujeres inciden en esa absurda postura). Nunca le diré que estaría dispuesto a dejar vagar eternamente mis labios por las curvas de sus caderas. Nunca.
