Ayer noche Madrid parecía otra. Bueno, realmente era otra, Madrid en domingo se transmuta y parece cualquier otra ciudad del mundo: una sucesión de calles desiertas, sin vida aparente y sólo atravesadas por el titilar de las farolas. Gran parte de los restaurantes y los bares estaban cerrados.

Ella -mi amiga- estaba de paso en Madrid y no le importaba. Le gusta pasear. Recorrimos a pié casi tres kilómetros. Cenamos en cualquier lugar. Tomamos una copa hasta que nos echaron ("son las dos...", nos dijeron, esto ya pasa incluso en Madrid).

Caminamos otro rato más hacia mi casa. Nos abrazamos e hicimos el amor. No estaba previsto (yo no lo había previsto, al menos), pero hicimos el amor. Fue distinto al sábado, con mi amiga hay más ternura que ímpetu. Nos besamos de arriba a abajo. Nos comimos el sexo. Ella se corrió una vez, casi callada. Al rato se volvió a correr, y esta vez estalló en gritos.

"Perdona, los vecinos...", me dijo. Da igual, dije yo.

Era tarde y yo hoy madrugaba, como todos los lunes. Pero a pesar de todo me puse un condón y la penetré. Estuvimos así un buen rato, jugando, cambiando de posturas. De pronto, me di cuenta que en sus movimientos había cierta urgencia. Se dio la vuelta, ofreciéndome sus nalgas. Yo la volví a penetrar y estuvimos así otro rato. Luego quiso ponerse encima mía. Sus movimientos cada vez eran más perentorios. Finalmente, con un movimiento suave, casi dulce, la cogí por la cintura y la tumbé a mi lado.

"Perdóname" me dijo. "Me encuentro un poco mal". "Claro" le respondí. Luego estuvimos acariciándonos durante un buen rato, la espalda, la nuca, el costado. Yo finalmente quedé dormido.